Uno de los errores más frecuentes en la administración de propiedades es confundir velocidad con calidad. Un buen arriendo no se define únicamente por reducir la vacancia, sino por la capacidad de proyectar estabilidad en el tiempo. Esto implica evaluar con rigor al arrendatario, definir condiciones contractuales claras y anticipar escenarios de desgaste o incumplimiento. Una propiedad bien gestionada no solo conserva su valor: protege la tranquilidad de quien la confía a terceros.